miércoles, 6 de febrero de 2013

Juego de niños

Timolеon Marie Lobrichon, (1831-1914): Escaparate de juguetería

André-Henri Dargelas, (1828-1906): La vuelta al mundo

André-Henri Dargelas, (1828-1906): Cazando mariposas

André Henri Dargelas, (1828-1906): La visita del doctor

Philippe Mercier: Jugando a los soldados

James Hayllar, (1829–1920): El escondite

Adam Emory Albright: Niños jugando a la cometa

André-Henri Dargelas, 1828-1906.

Thomas Eakins: Bebé jugando, 1876

Peter Severin Kroyer, (1851-1909): Niños en la playa de Skagen

lunes, 4 de febrero de 2013

Viento

John Singer Sargent: Ráfaga de viento, 1887

Cantan las hojas,
bailan las peras en el peral;
gira la rosa,
rosa del viento, no del rosal.
Nubes y nubes
flotan dormidas, algas del aire;
todo el espacio
gira con ellas, fuerza de nadie.

Floriana Barbu: Viento peinando amapolas

Todo es espacio;
vibra la vara de la amapola
y una desnuda
vuela en el viento lomo de ola.

Franz Marc: Mujer al viento en el mar, 1907
  
Nada soy yo,
cuerpo que flota, luz, oleaje;
todo es del viento
y el viento es aire siempre de viaje.

Octavio Paz


sábado, 2 de febrero de 2013

Mar lejano

Jonas Lie, (1880–1940): Zafiros y amatistas

La fuente trueca su cantata.
Se mueven todos los caminos...
¡Mar de la aurora, mar de plata,
qué nuevo estás entre los pinos!
   Viento del sur ¿vienes sonoro
de granas? Ciegan los caminos...
¡Mar de la siesta, mar de oro,
qué loco estás sobre los pinos!
   Dice el verdón no sé qué cosa.
Mi alma se va por los caminos...
¡Mar de la tarde, mar de rosa,
qué dulce estás bajo los pinos!

(Juan Ramón Jiménez, Baladas de primavera)

Jonas Lie, (1880–1940): Luz ámbar

viernes, 1 de febrero de 2013

Mar distante

Montague Dawson, (1895-1973): Cuarto creciente

Si no es el mar, sí es su imagen,
su estampa, vuelta, en el cielo.
Si no es el mar, sí es su voz
delgada,
a través del ancho mundo,
en altavoz, por los aires.
Si no es el mar, sí es su nombre
es un idioma sin labios,
sin pueblo,
sin más palabra que ésta:
mar.
Si no es el mar, sí es su idea
de fuego, insondable, limpia;
y yo,
ardiendo, ahogándome en ella.

(Pedro Salinas)
 

miércoles, 30 de enero de 2013

¡Este placer de alejarse!



"El tren"

Yo, para todo viaje
—siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera—,
voy ligero de equipaje.
Si es de noche, porque no
acostumbro a dormir yo,
y de día, por mirar
los arbolitos pasar,
yo nunca duermo en el tren,
y, sin embargo, voy bien.
¡Este placer de alejarse!
Londres, Madrid, Ponferrada,
tan lindos... para marcharse.
Lo molesto es la llegada.
Luego, el tren, al caminar,
siempre nos hace soñar;
y casi, casi olvidamos
el jamelgo que montamos.
¡Oh, el pollino
que sabe bien el camino!
¿Dónde estamos?
¿Dónde todos nos bajamos?
¡Frente a mí va una monjita
tan bonita!
Tiene esa expresión serena
que a la pena
da una esperanza infinita.
Y yo pienso: Tú eres buena;
porque diste tus amores
a Jesús; porque no quieres
ser madre de pecadores.
Mas tú eres
maternal,
bendita entre las mujeres,
madrecita virginal.
Algo en tu rostro es divino
bajo tus cofias de lino.
Tus mejillas
—esas rosas amarillas—
fueron rosadas, y, luego,
ardió en tus entrañas fuego;
y hoy, esposa de la Cruz,
ya eres luz, y sólo luz...
¡Todas las mujeres bellas
fueran, como tú, doncellas
en un convento a encerrarse!...
¡Y la niña que yo quiero,
ay, preferirá casarse
con un mocito barbero!
El tren camina y camina,
y la máquina resuella,
y tose con tos ferina.
¡Vamos en una centella!

Antonio Machado

Claude Monet: Estación de Saint Lazare, llegada del tren

Ilya Zonov: Vagón

domingo, 27 de enero de 2013

De invierno

Jon Singer Sargent: Reposo, 1911

En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Aleçón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Marcella M. Walker: Ternura, 1899

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño:
entro, sin hacer ruido: dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos; mírame con su mirar risueño, 
y en tanto cae la nieve del cielo de París.

Rubén Darío

Gustave Caillebotte: Tejados nevados de París

Albert Lebourg

viernes, 25 de enero de 2013

jueves, 24 de enero de 2013

Joseph Christian Leyendecker


Joseph Christian Leyendecker (1874-1951), fue un ilustrador norteamericano, de origen holandés, que realizó buena parte de los carteles propagandísticos de la I Guerra Mundial, pero que fue reconocido por las más de 300 portadas para el periódico Saturday Evening Post. 

Su estilo fue de gran influencia para otro gran ilustrador de la época y también responsable de algunas de las portadas del Evening Post, Norman Rockwell, al que le unió una gran amistad.

Sus ilustraciones constituyen todo un repaso a la vida y costumbres norteamericanas de su época. Valores como amor a la patria, la unidad familiar; o los oficios, deportes y estilo de vida de la alta burguesía son reflejados con maestría, y al igual que ocurría con los dibujos de Rockwell, no exentos de sentido del humor y fina ironía.





El graduado, 1920