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jueves, 6 de diciembre de 2012

La bailarina

La bailarina ahora está danzando
la danza del perder cuanto tenía.
Deja caer todo lo que ella había,
padres y hermanos, huertos y campiñas,
el rumor de su río, los caminos,
el cuento de su hogar, su propio rostro
y su nombre, y los juegos de su infancia
como quien deja todo lo que tuvo
caer de cuello, de seno y de alma.




En el filo del día y el solsticio
baila riendo su cabal despojo.
Lo que avientan sus brazos es el mundo
que ama y detesta, que sonríe y mata,
la tierra puesta a vendimia de sangre
la noche de los hartos que no duermen
y la dentera del que no ha posada.




Sin nombre, raza ni credo, desnuda
de todo y de sí misma, da su entrega,
hermosa y pura, de pies voladores.
Sacudida como árbol y en el centro
de la tornada, vuelta testimonio.



 
No está danzando el vuelo de albatroses
salpicados de sal y juegos de olas;
tampoco el alzamiento y la derrota
de los cañaverales fustigados.
Tampoco el viento agitador de velas,
ni la sonrisa de las altas hierbas.



 
El nombre no le den de su bautismo.
Se soltò de su casta y de su carne
sumiò la canturía de su sangre
y la balada de su adolescencia.



 
Sin saberlo le echamos nuestras vidas
como una roja veste envenenada
y baila así mordida de serpientes
que alácritas y libres la repechan,
y la dejan caer en estandarte
vencido o en guirnalda hecha pedazos.


 

Sonámbula, mudada en lo que odia,
sigue danzando sin saberse ajena
sus muecas aventando y recogiendo
jadeadora de nuestro jadeo,
cortando el aire que no la refresca
única y torbellino, vil y pura.


 

Somos nosotros su jadeado pecho,
su palidez exangüe, el loco grito
tirado hacia el poniente y el levante
la roja calentura de sus venas,
el olvido del Dios de sus infancias. 

Gabriela Mistral, 1889-1957.


(El poema La bailarina ocupa el cuarto lugar dentro de la galería de Locas Mujeres; una sección de su libro Lagar).


 

sábado, 27 de octubre de 2012

La muerte de la rosa

Plasmabas en el lienzo a Maya Plisetskaya. Yo te miraba absorta mientras las dos escuchábamos “la muerte del cisne”. ¿Acaso la música guiaba tu pincel?
La aguja del tocadiscos marcaba el final, mientras el disco seguía girando a la espera de poner “la cara b”. Tú no dejabas de pintar y yo, de puntillas, para no romper el hechizo de tu brazo volvía la aguja al principio. 

Hoy, que ya no estás, contemplo el cuadro terminado (como si una obra de arte se pudiese concluir). Y como si no hubiesen pasado 30 años, me llega el olor del óleo de tu paleta, la caja abierta repleta de pinceles y pinturas, y el sonido inconfundible del vinilo que marcó la banda sonora de mi infancia.

jueves, 16 de diciembre de 2010

La voz de su amo


Plasmabas en el lienzo a Maya Plisetskaya. Yo te miraba absorta mientras las dos escuchábamos “la muerte del cisne”. ¿Acaso la música guiaba tu pincel?
La aguja del tocadiscos marcaba el final, mientras el disco seguía girando a la espera de poner “la cara b”.
Tú no dejabas de pintar y yo, de puntillas, para no romper el hechizo de tu brazo volvía la aguja al principio.
Hoy, que ya no estás, contemplo el cuadro terminado (como si una obra de arte se pudiese concluir). Y como si no hubiesen pasado 30 años, me llega el olor del óleo de tu paleta, la caja abierta repleta de pinceles y pinturas, y el sonido inconfundible del vinilo que marcó la banda sonora de mi infancia.

© P. Vidal. (Texto).