miércoles, 31 de diciembre de 2014

A ver al Rey más subido

Abraham Bloemaert

Reyes santos que venistes
a ver al Rey más subido,
en los dones que le distes,
distes fe que conocistes:
Dios y hombre ser nacido.

Incienso por divinal,
y por Rey le distes oro,
y mirra por ser mortal,
en aquel pobre porta,
casa de nuestro tesoro.

Gran corona merecistes 
por haber a Dios servido; 
en los dones que le distes, 
distes fe que conocistes: 
Dios y hombre ser nacido.  

Juan del Encina (1468-1529)

Gasparo Diziani (1705-1760)

viernes, 19 de diciembre de 2014

Sylva

No suelo traer aquí poemas o textos extensos por aquello de que "lo bueno si breve...", pero con Sylva no me puedo resistir, ya que lo considero uno de los poemas contemporáneos más sublimes:




Andabas por las calles del otoño
calladas de humedad y el amarillo
concierto de los árboles te amaba.
Te amaba el cielo gris y los tejados
umbrosos y los pájaros humildes
y el viento oscuro y fresco de los bosques.
Te amaban las vaguadas, las colinas
sangrientas de amapolas.
Y en Mérida te amaban
los blancos capiteles, la sonrisa
marmórea de los dioses mutilados.
Te amaban las cigüeñas vergonzosas
y hasta los lapiceros que mordías.




(Lento espigaba el trigo.
Lenta el agua buscaba las raíces.
Lenta la yerba crece. Lento el hombre
echa la hoz. Y trilla. Y lento amasa
su pan con llanto y fuego.)

(El tiempo no perdona
ni a la roca más firme ni a la rosa
más tierna.
El tiempo quiebra
los cielos más azules y las aguas
más tersas.
Como un cáncer
agrieta dulces sueños, da al olvido
palabras de pasión, gestos heroicos.)

Perdida en el invierno.
Perdida entre la lluvia
fresquísima de enero.
Subiendo por el frío.
Subiendo por la pena.
Subiendo por el llanto y por el gozo
con tanta certidumbre.

Andabas por las calles entornadas
donde la madreselva trepa
las altas tapias blancas.
Andabas los pasillos soñolientos
del instituto viejo, con tu risa
cristal, entre los muros
cargados de expedientes y pintadas
ingenuas sobre el sexo y el gobierno.
(Andabas por los ojos de tu madre
marcándole el camino, como un faro
en medio de la niebla.)



 
(La tarde es de tormenta.
Las nubes montañosas
descargan su coraje por los campos.
Agreste sinfonía
detrás de los vitrales.
Yo recuerdo
los góticos pináculos de Burgos,
en tanto la gramola toca graves
cantigas alfonsinas.)

Andabas por las playas de septiembre:
almendros, sal y conchas. Conocías
el vuelo de los pájaros marinos,
las caras de la arena, los dibujos
efímeros del agua entre las peñas.
Aprendiste los himnos de las olas
cantando jubilosas a la muerte.

Gaviotas, arrendotes. Conocías
la bóveda nocturna estrella a estrella
y les dabas mil nombres misteriosos,
helados, cristalinos,
ya polvo en la memoria.

(Inventa nuevos cielos.
Inventa nuevos mares. No te canses,
amada, de enseñarme como a un niño
las voces del silencio en un jardín desierto, la caricia
profunda del crepúsculo,
la música pequeña de las lilas.)

 


Ni siquiera sabemos qué es la vida,
para qué preocuparnos del detalle:
las curvas de la rosa, el vuelo tibio
de una paloma blanca, y el azar
que trajo hasta mis ojos tu mirada.

Y yo con mis costumbres,
al margen de tus cosas,
al margen de tu cine y tus zapatos,
al margen de tu blusa y tu sonrisa,
tu tos y tus muñecas,
tu pena, tus blue-jeans y tus amigas.

Y yo perdiendo el tiempo
entre los polinomios y los Beatles,
entre la bicicleta y los Urales,
las Tablas de la Ley y las estampas.

Pensar que en dos minutos
hubiera compartido tus paisajes,
tus sueños, tu rutina.
Que estabas a un suspiro de mis ojos,
a un paso de mi aliento.
Y que quedaba
aún tanto hasta el encuentro.

Tú, lejana, subiendo por el pozo
de los años, oscuro y resbaloso.
Subiendo por mis días sin saberlo.
Pasando de la rosa hasta la página
más gris de la gramática.
Pasando del latín al tocadiscos,
al chicle y Julio Verne.
Subiendo por los siglos y las simas
hasta tocar mis labios.

 


Pensar que por tus huellas
andaba sin saberlo.
Pensar que respiraba donde el aire
guardaba tu latido.
Pensar que tantas veces he tocado
el hueco de tu cuerpo.
Pensar que he compartido tanto abril
a un paso de tus ojos.
Pensar que te soñaba desde niño
y estábamos despiertos y tan cerca.

He dado tantas vueltas
para llegar a ti. Me he desviado
por tanto falso atajo que es milagro
tenerte entre mis brazos.
Cuántos días
brillantes como espejos. Cuántas noches
de asfixia y alquitrán. Mi corazón
lento sangraba. Y bajo el cielo
helado, solitario, yo buscándote.

Buscándote en los chopos
de plata y en los charcos del invierno.
Buscando entre las hojas
tu dulce piel sedeña.
Buscándote, perdido, como un loco
persigue la razón en su delirio.

Perdido en el neón y las películas.
Perdido en los caminos cotidianos.
Perdido entre los libros,
y las conversaciones y las copas.
Inútil entre inútiles sin ti.
Cadáver entre muertos sin tu vida.


 

Amor, dime el secreto
designio de las cosas.
Por qué el tiempo
nos ciega, tiende trampas,
nos pierde en laberintos.
Amor, por qué la vida
no es buena con nosotros, nos aprieta
el alma hasta el gemido
y se alimenta
con lágrimas de sangre.

Viniste como un sol amigo y tibio,
como un caudal de rosas, como un viento
de Sandro Botticelli,
como una sinfonía
de flautas de madera y mandolinas.

Te adoro en tus pupilas, en tus cejas
arqueadas y sumisas. Cómo fulge
la frente blanca y dulce en la cascada
castaña de tu pelo. Cómo vuela
tu risa por mi pecho. Cómo tiembla
mi voz enamorada
cuando chocan mis ojos con los tuyos.

 


Déjame, amor mío, en este instante,
en este instante azul agazaparme
pequeño entre tus brazos,
pequeño entre tus labios y decirte:
escucha mi silencio.
Escucha mi silencio y mi alegría.

(El mundo es nuestro lecho y nuestra casa.
Despierta, amor. Despunta una mañana
de campos de algodón tímido y albo.
Da cuerda a la ilusión.
Volvamos al principio a cada instante.
No es tarde para nada. Nunca es tarde.
No tengas miedo nunca.
Ven.
Escucha.) 

Vicente Sabido, Sylva, 1981

 

jueves, 11 de diciembre de 2014

Esperanza


¡Esperar! ¡Esperar! Mientras, el cielo
cuelga nubes de oro a las lluviosas;
las espigas suceden a las rosas;
las hojas secas a la espiga; el yelo

sepulta la hoja seca; en largo duelo,
despide el ruiseñor las amorosas
noches; y las volubles mariposas
doblan en el caliente sol su vuelo.


Ahora, a la candela campesina,
la lenta cuna de mis sueños mecen
los vientos del octubre colorado...

La carne se me torna más divina, 
viejas, las ilusiones, encanecen, 
y lo que espero ¡ay! es mi pasado.

Juan Ramón Jiménez

jueves, 27 de noviembre de 2014

Nostalgia



Al fin nos hallaremos. Las temblorosas manos
apretarán, suaves, la dicha conseguida,
por un sendero solo, muy lejos de los vanos
cuidados que ahora inquietan la fe de nuestra vida.

Las ramas de los sauces mojados y amarillos
nos rozarán las frentes. En la arena perlada,
verbenas llenas de agua, de cálices sencillos,
ornarán la indolente paz de nuestra pisada.

Mi brazo rodeará tu mimosa cintura, 
tú dejarás caer en mi hombro tu cabeza, 
¡y el ideal vendrá entre la tarde pura, 
a envolver nuestro amor en su eterna belleza!

Juan Ramón Jiménez


miércoles, 12 de noviembre de 2014

En el último otoño



Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.




Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros. 
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma.
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos. 
Hojas secas de otoño giraban en tu alma. 

Pablo Neruda


lunes, 3 de noviembre de 2014

Elegía a doña Juana "la loca"

Princesa enamorada sin ser correspondida.
Clavel rojo en un valle profundo y desolado.
La tumba que te guarda rezuma tu tristeza 
a través de los ojos que ha abierto sobre el mármol. 

Eras una paloma con alma gigantesca 
cuyo nido fue sangre del suelo castellano, 
derramaste tu fuego sobre un cáliz de nieve 
y al querer alentarlo tus alas se troncharon. 

Soñabas que tu amor fuera como el infante 
que te sigue sumiso recogiendo tu manto. 
Y en vez de flores, versos y collares de perlas, 
te dio la Muerte rosas marchitas en un ramo. 

Juana de Castilla y Felipe de Borgoña, 1505

Tenías en el pecho la formidable aurora 
de Isabel de Segura. Melibea. Tu canto, 
como alondra que mira quebrarse el horizonte, 
se torna de repente monótono y amargo. 

Y tu grito estremece los cimientos de Burgos. 
Y oprime la salmodia del coro cartujano. 
Y choca con los ecos de las lentas campanas 
perdiéndose en la sombra tembloroso y rasgado. 

Tenías la pasión que da el cielo de España. 
La pasión del puñal, de la ojera y el llanto. 
¡Oh princesa divina de crepúsculo rojo, 
con la rueca de hierro y de acero lo hilado! 


Francisco Pradilla: Juana la Loca recluida en Tordesillas
 
Nunca tuviste el nido, ni el madrigal doliente, 
ni el laúd juglaresco que solloza lejano. 
Tu juglar fue un mancebo con escamas de plata 
y un eco de trompeta su acento enamorado. 

Y, sin embargo, estabas para el amor formada, 
hecha para el suspiro, el mimo y el desmayo, 
para llorar tristeza sobre el pecho querido 
deshojando una rosa de olor entre los labios. 


Francisco Pradilla: Doña Juana la Loca ante el sepulcro de su esposo, 1877

Para mirar la luna bordada sobre el río 
y sentir la nostalgia que en sí lleva el rebaño 
y mirar los eternos jardines de la sombra, 
¡oh princesa morena que duermes bajo el mármol! 

¿Tienes los ojos negros abiertos a la luz? 
O se enredan serpientes a tus senos exhaustos... 
¿Dónde fueron tus besos lanzados a los vientos? 
¿Dónde fue la tristeza de tu amor desgraciado? 


Lorenzo Valles: La demencia de Juana de Castilla, 1866

En el cofre de plomo, dentro de tu esqueleto, 
tendrás el corazón partido en mil pedazos. 
Y Granada te guarda como santa reliquia, 
¡oh princesa morena que duermes bajo el mármol! 

Eloisa y Julieta fueron dos margaritas, 
pero tú fuiste un rojo clavel ensangrentado 
que vino de la tierra dorada de Castilla 
a dormir entre nieve y ciprerales castos. 

Granada era tu lecho de muerte, Doña Juana, 
los cipreses, tus cirios; la sierra, tu retablo. 
Un retablo de nieve que mitigue tus ansias, 
¡con el agua que pasa junto a ti! ¡La del Dauro! 


Bartolomé Ordóñez: Sepulcros de Juana y Felipe, 1519. Capilla Real. Granada

Granada era tu lecho de muerte, Doña Juana, 
la de las torres viejas y del jardín callado, 
la de la yedra muerta sobre los muros rojos, 
la de la niebla azul y el arrayán romántico. 

Princesa enamorada y mal correspondida. 
Clavel rojo en un valle profundo y desolado. 
La tumba que te guarda rezuma tu tristeza 
a través de los ojos que ha abierto sobre el mármol. 

Federico García Lorca

viernes, 31 de octubre de 2014

Ofelia de Dinamarca

William Gorman Wills: Ofelia y Laertes

Rosa de nube de carne
Ofelia de Dinamarca,
tu mirada, sueñe o duerma,
es de Esfinge la mirada.

En el azul del abismo
de tus niñas - todo o nada,
¿ser o no ser?-, ¿es espuma
o poso de vida tu alma?

Thomas Dicksee: Ofelia, 1875

No te vayas monja, espérame
cantando viejas baladas,
suéñame mientras te sueño,
brízame la hora que falta.

Y si los sueños se esfuman
- ¿el resto es silencio? -, almohada 
hazme de tus muslos, virgen. 

Miguel de Unamuno 

John William Waterhouse: Ofelia

martes, 7 de octubre de 2014

Serenidad

 
Serenidad, seamos siempre buenos
amigos. Caminemos reposada-
mente. La frente siempre sosegada
y siempre sosegada el alma. Menos

mal que bebí de tus venenos,
inquietud, y no me supiste a nada.
El aire se serena, remansada
música suena de acordes serenos.


No moverán la hoja sostenida
con mis dedos, a contra firmamento
en medio del camino de mi vida.

Vísteme de hermosura el pensamiento,
serenidad, perennemente unida
al árbol de mi vida a contra viento. 

 Blas de Otero



miércoles, 13 de agosto de 2014

Lauren Bacall

El mundo de cine se viste de luto de nuevo hoy.
Recomiendo este especial de tve sobre Lauren Bacall.
A pesar de que son muchas sus películas, siempre la recordaremos por las protagonizadas con Humphrey Bogart (1899 – 1957).


Nadie como ella fumó con tanto estilo en la pantalla:


Porque hubo una época en la que los americanos fumaban en el cine y no pasaba nada:



Descanse en paz, Mrs. Bacall.


martes, 12 de agosto de 2014

jueves, 7 de agosto de 2014

Silenciosa y cubierta de polvo


Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

¡Ay! -pensé-. ¡Cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera 
que le diga: «Levántate y anda!» 

(Gustavo Adolfo Bécquer, Rima VII).


martes, 5 de agosto de 2014

El encanto de la sencillez

Daniel Ridgway Knight (1839-1924) Café en el jardín
Daniel Ridgway Knight (1839-1924): Jeanne en la terraza
Daniel Ridgway Knight (1839-1924): Las lavanderas
Daniel Ridgway Knight: Una mañana de julio, 1899

miércoles, 16 de julio de 2014

Alma libre

Louis Janmot (1814–1892): El vuelo del alma

Ningún cepo puede torturar 
mi alma en libertad, 
pues detrás de este esqueleto mortal 
se teje uno de más valor. 

No puedes horadar con un serrucho 
ni traspasar con una cimitarra 
dos cuerpos, por lo tanto perdura, 
amarra uno y el otro vuela libre. 

El águila no se despoja 
de su nido y, sin embargo, 
gana el cielo 
más fácilmente que tú. 

Excepto tú mismo tal vez nadie pueda ser 
tu enemigo, 
cautividad es conciencia 
y también es libertad.

Emily Dickinson,  1830-1886.

John William Waterhouse (1849-1917): El alma de la rosa


L'amour est un oiseau rebelle

Traducido al chinorris para los que no saben francés.

martes, 15 de julio de 2014

Glorias hay



Glorias hay que deslumbran, cual deslumbra
el vivo resplandor de los relámpagos,
y que como él se apagan en la sombra,
sin dejar de su luz huella ni rastro.

Yo prefiero a ese brillo de un instante,
la triste soledad donde batallo, 
y donde nunca a perturbar mi espíritu 
llega el vano rumor de los aplausos.

Rosalía de Castro, 1837-1885.


viernes, 11 de julio de 2014

Cosas, Celalba mía, he visto extrañas


Cosas, Celalba mía, he visto extrañas:
cascarse nubes, desbocarse vientos,
altas torres besar sus fundamentos,
y vomitar la tierra sus entrañas;

duras puentes romper, cual tiernas cañas,
arroyos prodigiosos, ríos violentos,
mal vadeados de los pensamientos,
y enfrenados peor de las montañas;

los días de Noé, gentes subidas
en los más altos pinos levantados,
en las robustas hayas más crecidas.

Pastores, perros, chozas y ganados 
sobre las aguas vi, sin forma y vidas, 
y nada temí más que mis cuidados. 

Luis de Góngora y Argote 

lunes, 30 de junio de 2014

Valse triste

Akseli Gallen-Kallela: Simposium

Albert Edelfelt (1854-1905)
Eero Erik Nikolai Jarnefelt (1863-1937)
Eero Erik Nikolai Jarnefelt (1863-1937): Saimi in the Meadow, 1892

viernes, 13 de junio de 2014

miércoles, 4 de junio de 2014

Delicadeza

Henry Ryland (1856–1924): Iris

Henry Ryland (1856–1924)

Henry Ryland (1856–1924): Pureza

Henry Ryland (1856–1924)

Henry Ryland (1856–1924): Raquel en el pozo

Henry Ryland (1856–1924): Florimel, 1893