miércoles, 30 de enero de 2013

¡Este placer de alejarse!



"El tren"

Yo, para todo viaje
—siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera—,
voy ligero de equipaje.
Si es de noche, porque no
acostumbro a dormir yo,
y de día, por mirar
los arbolitos pasar,
yo nunca duermo en el tren,
y, sin embargo, voy bien.
¡Este placer de alejarse!
Londres, Madrid, Ponferrada,
tan lindos... para marcharse.
Lo molesto es la llegada.
Luego, el tren, al caminar,
siempre nos hace soñar;
y casi, casi olvidamos
el jamelgo que montamos.
¡Oh, el pollino
que sabe bien el camino!
¿Dónde estamos?
¿Dónde todos nos bajamos?
¡Frente a mí va una monjita
tan bonita!
Tiene esa expresión serena
que a la pena
da una esperanza infinita.
Y yo pienso: Tú eres buena;
porque diste tus amores
a Jesús; porque no quieres
ser madre de pecadores.
Mas tú eres
maternal,
bendita entre las mujeres,
madrecita virginal.
Algo en tu rostro es divino
bajo tus cofias de lino.
Tus mejillas
—esas rosas amarillas—
fueron rosadas, y, luego,
ardió en tus entrañas fuego;
y hoy, esposa de la Cruz,
ya eres luz, y sólo luz...
¡Todas las mujeres bellas
fueran, como tú, doncellas
en un convento a encerrarse!...
¡Y la niña que yo quiero,
ay, preferirá casarse
con un mocito barbero!
El tren camina y camina,
y la máquina resuella,
y tose con tos ferina.
¡Vamos en una centella!

Antonio Machado

Claude Monet: Estación de Saint Lazare, llegada del tren

Ilya Zonov: Vagón

domingo, 27 de enero de 2013

De invierno

Jon Singer Sargent: Reposo, 1911

En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Aleçón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Marcella M. Walker: Ternura, 1899

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño:
entro, sin hacer ruido: dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos; mírame con su mirar risueño, 
y en tanto cae la nieve del cielo de París.

Rubén Darío

Gustave Caillebotte: Tejados nevados de París

Albert Lebourg

viernes, 25 de enero de 2013

jueves, 24 de enero de 2013

Joseph Christian Leyendecker


Joseph Christian Leyendecker (1874-1951), fue un ilustrador norteamericano, de origen holandés, que realizó buena parte de los carteles propagandísticos de la I Guerra Mundial, pero que fue reconocido por las más de 300 portadas para el periódico Saturday Evening Post

Su estilo fue de gran influencia para otro gran ilustrador de la época y también responsable de algunas de las portadas del Evening Post, Norman Rockwell, al que le unió una gran amistad.

Sus ilustraciones constituyen todo un repaso a la vida y costumbres norteamericanas de su época. Valores como amor a la patria, la unidad familiar; o los oficios, deportes y estilo de vida de la alta burguesía son reflejados con maestría, y al igual que ocurría con los dibujos de Rockwell, no exentos de sentido del humor y fina ironía.





El graduado, 1920





 


domingo, 20 de enero de 2013

La nieve niña

Natalia Syuzeva: Alimentando a los pájaros

Esta madera que es el sueño, acaso
sabe que huele a ti; sabe que creces
hacia tu infancia, y vives
de aquella claridad, de aquella nieve
niña como la sed, de aquella niña
vocación de llorar porque ibas siempre
de traje corto hacia el amor, y aún llevas
la luz que tuvo en el mirar que tienes.

Luis Rosales, Rimas, 1951.

Constantin Makovsky: Retrato de una joven

sábado, 19 de enero de 2013

viernes, 18 de enero de 2013

Las princesas primorosas se parecen mucho a ti

De pequeña memorizaba los poemas de Rubén Darío, no sé si por la costumbre de escuchar a mi abuela recitándome A Margarita Debayle, o por esa cantidad de palabras extrañas que me empujaban al diccionario para descubrir su significado: malaquita, azur, ormuz, hisípila, crisálida... Y ese mundo poblado de cisnes, rosas y princesas, que acabé aborreciendo en la adolescencia. Hoy que google nos recuerda un nuevo aniversario del nacimiento del nicaragüense, retorno a la infancia con algo de nostalgia.

Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:

Esto era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita, como tú.

Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla
y una pluma y una flor.

 Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Hugh Williams: La luna en bote hacia el país de los sueños

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
mas lo malo es que ella iba
sin permiso de papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: «¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?».

La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».

Y el rey clama: «¿No te he dicho
que el azul no hay que cortar?.
¡Qué locura!, ¡Qué capricho!...
El Señor se va a enojar».

Y ella dice: «No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».

Sydney Long: Estrella solitaria, 1899

Y el papá dice enojado:
«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: «En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».

Viste el rey pompas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

Armand Point

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.

Rubén Darío, 18 de enero de 1867 - 6 de febrero de 1916.

martes, 15 de enero de 2013

El paipay

Casimiro Sáiz, (1853-1898): Junto a la chimenea

Pedro Sáenz, 1864-1924

William Strang

Frank Edwin Scott

William Feron: Mujer con paipay

Paul Antoine de La Boulaye, (1849-1926): Belleza oriental

Maria Wiik